TIEMPOS DE LOBOS
Ensayo - Pusieron una birriería por mi casa. Desde afuera se parece a la que íbamos todos los sábados en la mañana, cuando nos despertaba la recepcionista del hotel para preguntarnos si íbamos a renovar la habitación. Y cada vez que paso por esa nueva birriería, pienso en todo lo que nos pasó y en aquello que nos faltó por decir.
Julio Vite
9/24/20265 min read


Fotografía: Julio Vite
Sólo hay bestias en torno a mí,
veo la muerte en sus ojos
y quiero fundirme en ti
porque son tiempos de lobos
y no nos podemos ir.
Nacho Vegas
Pusieron una birriería por mi casa. Desde afuera se parece a la que íbamos todos los sábados en la mañana, cuando nos despertaba la recepcionista del hotel para preguntarnos si íbamos a renovar la habitación. Y cada vez que paso por esa nueva birriería, pienso en todo lo que nos pasó y en aquello que nos faltó por decir. Intenté pasar a comer una vez, pero al entrar, vi que las mesas eran otras y que estaban acomodadas de una manera distinta; no había nadie cantando con su guitarra, ni vendían croissants como los que alguna vez compartimos; fue entonces cuando me di cuenta de que no era la misma birriería y de que tú ya no estabas.
La casa que había rentado se vino abajo y se convirtió en otra cosa; no alcanzaste a entrar nunca y aun así, te encontré varias veces por ahí, como lo habría hecho García Montero, cruzando la puerta sin decir que no, pidiéndome un cenicero y curioseando los libros, en la sala, en las escaleras y en el baño, pero no eras tú y entonces la ausencia se convierte, entre otras cosas, en alivio, porque esa casa se habría venido abajo de cualquier manera y tú te habrías quedado adentro también, en los escombros. Y yo no te habría podido encontrar. Nos habríamos perdido los dos.
Desde que te fuiste, me visitan cuatro lobos en esta otra casa; al principio me observaban desde lejos, como si hubieran esperado a que su presencia se convirtiera en algo habitual. Y así fue; de pronto comenzaron a quedarse en el patio y después adentro, hasta llegar a mi propia cama. En un principio, me asustaba cuando aparecían y no entendía por qué permitía que se acercaran. Me han mordido el estómago, el pecho, la cabeza y la nariz. Siempre muerden. Y he sangrado; he dejado de dormir y de comer y me han preguntado quién en su sano juicio permite que le muerdan la nariz. Pero empecé a pasar las noches con ellos de vez en cuando y ahora vienen a donde vaya cuando los llamo.
Uno de ellos tiene tu nombre y a veces viene a verme sin los otros. Me mira de cerca y de pronto tiene tu cara, tu boca e incluso tu voz. Y vuelvo a verte. Por momentos es como si aquí estuvieras, poniendo crema en mis manos cuando las tengo resecas, como si nunca hubiera existido la noche del miércoles en que todo se quemó y dejamos de saber del otro. Como si siguiéramos en un concierto de Lázaro en el que me abrazabas aunque no te gustara, como si hubiéramos visto a Silvana, en tu ciudad, como si siguiéramos en el motel rojo en el que bebíamos mezcal y whisky antes de llorar en las escaleras porque de pronto todo parecía demasiado. En fin, como si aquí estuvieras.
Pero amanece y, por alguna razón, los lobos desaparecen siempre cuando sale el sol, aunque haya noches que duren tres días, y pienso en la birriería; y en la casa que había rentado; y en el motel rojo; y en la terraza de tu departamento donde fumábamos juntos, aunque estuvieras enojada conmigo; y en la vez que nos detuvieron en la madrugada y yo llevaba polvo de estrellas en la bolsa; y en la noche en que tus papás nos encontraron en la camioneta afuera de su casa. Pienso en todo eso de golpe y descubro nuevamente que ya no estás. Todo desapareció tan rápido que a veces parece irreal la vida que tuvimos, y me cuesta distinguir si fue real o si es como estos putos lobos. Pero escribo con el lapicero azul que me regalaste en la mezcalería y vuelve a mí la certeza de que todo esto sí pasó.
Todo cambió tan violentamente que no me reconozco, aunque tal vez todo venía destruyéndose desde antes y yo no lo notaba, o quizás sí. Y es que a veces una ruptura no se trata solo de una ruptura. De pronto se trata también de mi madre alejándose por última vez, de los amigos que he elegido mal, de mis hermanos a quienes nunca veo ni sé qué ha sido de ellos, de la muerte de la abuela Julia, de quien siempre hablaba antes y ahora no consigo mencionar, de esta vida de la que siempre me quejo y no he sido capaz de cambiar y de todas las veces que me he visto muerto en un lavabo abrazando a una desconocida, pensando que sería la última vez. Pero qué importaba aquello el año pasado, si estabas tú.
Entonces, esta ruptura no es precisamente sobre ti. Soy yo. Y estos lobos nunca fueron lobos; es la metanfetamina que inhalo cuando tengo miedo por todo lo que llega y no he solucionado, y recuerdo que cuando estaba contigo dejaba de tenerlo. Y entonces llegan los lobos y uno se convierte en ti y regreso a esos días, en los que compartíamos la tristeza, donde la desdicha de pronto parecía un regalo, porque de ese modo podíamos entendernos, por haber soportado lo soportado y por haber sufrido lo sufrido, como me contaste alguna vez en una servilleta manchada con ron.
Te hacía cosquillas en la noche y llorabas y me agradecías por haber llegado a ti. De alguna forma te entregaba piezas de mí que no sabía que tenía, y tú me entregabas las tuyas; tal vez por eso uno nunca vuelve a ser el mismo, porque ya nunca regresan aquellas piezas. Quizás por eso ya no me reconozco y me cuesta tanto trabajo creer que alguna vez todo estuvo bien, aunque haya estado terriblemente bien y hacíamos demasiadas cosas, y hoy no soy capaz de llegar a la puta oficina a tiempo. Ni a ningún lado.
Sin embargo, no todo se ha vuelto tan precario; he tenido la dicha de recordar que siempre crece otra piel sobre la herida, que, aunque de pronto la mirada cotidiana de la gente se vuelva una especie de conspiración, también hay otras que se convierten en abrazo, en calma, en una sopa caliente después de varios días sin comer y sobre todo en un espejo que nos devuelve la fuerza suficiente para mirarnos a nosotros mismos y dejo de sentir asco por las cicatrices que tengo y que solo yo puedo ver.
Entonces, la birriería —que es otra y no la nuestra—, los escombros de la casa que había rentado —en los que aún trato de buscarme— y los lobos, los putos lobos —que aprendieron a decir tu nombre y a parecerse a ti—, se vuelven un recordatorio constante de que no es momento de entender nada. Acepto el derrumbe de lo que he sido y que te he buscado en otras personas, cuando están de espaldas frente a mí, en la oscuridad, que intenté sanar contigo lo que no he resuelto en muchos años y sobre todo que no pude hacerlo y que ya no estás y que esta ruptura no se trata solo de ti.
Acepto que son tiempos de lobos y solo espero a que terminen de devorarme para volver a empezar. O nunca más hacerlo.



