Aquelarre
Escritura experimental - ¿Quién puede decirme qué hago cuando el desgaste del cuerpo y el cerebro en descomposición, la sensación de bochorno incandescente, el cosquilleo de mis extremidades llenando de anhelo todo,
Tsaxmagu
10/15/20264 min read


Fotografía: Lizeth Monroy
¿Quién puede decirme qué hago cuando el desgaste del cuerpo y el cerebro en descomposición, la sensación de bochorno incandescente, el cosquilleo de mis extremidades llenando de anhelo todo, me invade y cuesta horrores poder poner un solo pie en el suelo mientras me pudro debajo de mi gato recostado sobre mis cobijas?
Además de sentir las emociones brotar en menos de cinco minutos, cuando apenas abrí los ojos, que ni tiempo me ha dado para procesar si es de día o de noche. Tocando cada rincón mío, primero deciden quemarme para después helarme y terminar subiendo hasta la cabeza, donde encuentran mis ojos.
Entonces comienzo a pensar en lo lindo que es salir afuera y encontrarme con gente que busca un momento para encontrarse en medio del ruido por caminar tan rápido, quizás luego de despertar sintiéndose igual de podridos que yo hace rato. Y probando de esos instantes con otros humanos, también extraño lo que es caminar con alguien sin rumbo, riendo a carcajadas de cosas que solo los dos entienden.
Anoche visité a una amiga de mamá; aquella mujer estaba celebrando su cumpleaños sesenta y uno. Vaya calidez y amabilidad genuina vi en aquella a quien no conocía hace apenas ocho minutos, segura y decidida. Recibió a sus invitadas con un cariño que se sentía en cada persona que se sentó a su alrededor. A mí me recibió alegre de conocernos y, convencida de su creatividad, intercambió poemas conmigo.
Elogió incluso los sentimientos más descompuestos que me recorren por dentro y celebró el amor que sostengo a través de eso. Luego, para mi sorpresa, me dijo “te amo” nueve veces, manteniendo su mirada y mis manos con ambas palmas, sonriendo de manera amigable como quien le agradece al otro por haberle cambiado la vida.
Qué mal acostumbrados nos tienen que sentir como si no estuviera hablando con un ser humano. Ahora entiendo que, con esas palabras, aquella mujer me estaba diciendo que acababa de escuchar las partes más retorcidas de lo que en mí habitó ese día y me aceptó, así sin más y con amor.
Espero poder visitarla una vez más y leerle el siguiente cuento:
En una noche de luna llena a las orillas de un frío y húmedo río, mientras a lo lejos el pueblo celebra el cumpleaños de su actual rey, una pareja de amantes se reúne. Una bruja que ama ser bruja y un príncipe que odia ser príncipe se reúnen para hablar por última vez antes de que el muchacho tenga que ser mandado lejos por su padre, un rey como todos los reyes, de un pueblo de muertos, pues son más los que viven cerca de la muerte que de la vida.
El muchacho se acerca con rostro suplicante, sosteniendo lágrimas que se congelan con lo helado de la noche. Y temblando pronuncia las siguientes palabras:
Debo servir a mi padre, pues ya es viejo y no me quedan más noches de aventuras donde bailar contigo frente a la hoguera. Desobedecer sería sentenciarme a muerte, y si estoy muerto no veo manera de volver a verte, a menos que quieras que como muerto te visite. Y no conozco táctica, ni ofrenda que lo venza o lo convenza. Entonces, yo te prometo que a donde sea que vaya preguntaré por ti, a los vivos y a los muertos. Y tampoco dejarás de saber de mí, pues no importa a dónde vaya, no importa lo lejos que esté, sabrás bien de lo que siento. No puedo imaginar un mundo donde no estés tú.
La bruja, que ya había leído de esto en las cartas, siente en el pecho un dolor conocido, pero como si no supiera ya lo que ha de suceder, le sale del alma contestarle:
Te creo, y creo en que las cartas me lo dirán, los muertos me lo contarán, el gato negro que me visita me traerá de tus noticias. Pero, amado mío, a mí no me basta con saber de tus noticias, ni con la predicción del oráculo mismo, te quiero aquí conmigo. Quiero sentir tu cara y mirar tus ojos, no me importan las medallas que logres, esas son solo tuyas y tú vivirás de sus frutos. Puedo mañana no estar viva y de qué me habrá servido echar las cartas quinientas veces.
Por eso debo lanzarte una maldición, que con todo mi amor hará que tengas que venir hasta mi puerta para verme a los ojos una vez más, si quieres descansar en paz mientras existan sentimientos hacia mí dentro tuyo. Es una vieja canción que dice…
“Encontrarás las noches de luna llena extrañamente vacías porque, cuando llames mi nombre a través de ellas, no verás respuesta.”
Y mientras buscaré entre mis gremios nuevos grimorios, viajaré por mis caminos, cuidaré del gato que ahora es mi mejor amigo. Y amigo, amante mío, más te vale volver vivo, porque yo no dejaré que me quemen en la hoguera hasta no ver tus ojos de nuevo. Y no solo verlos, si no observarlos a diario mientras escribo mis cartas a pueblos lejanos, mientras curo la maleza de mis árboles de té, mientras bailamos juntos junto a la hoguera eternamente.
Matarán al rey mañana, y estaré ahí para verlo porque será mi bendición sobre el pueblo la que los proteja y les permita ser libres. Y mi maldición, la que te siga, porque conozco la forma intrínseca de tus entrañas y puedo leer en tu alma con solo mirarte a los ojos un segundo, que no quieres ver a tu padre vivo, lo quieres muerto porque sabes lo que te hizo.
Mátalo, mata a tu padre y serás libre de volver vivo. Ayuda a tu pueblo y serás digno de verme a los ojos.
Lizeth Monroy lleva por seudónimo Tsaxmagu (coloquialmente chasmagu); es una palabra del pueblo hñähñu utilizada para referirse a los murciélagos. Esta palabra es especial para ella, pues recorre generaciones desde su bisabuela, pasando por su madre, hasta llegar a ella.



